AHOGAR EL PEZ EN EL AGUA
Para considerar la profundidad de la herida
hago otro intento por examinarla.
Miro el reflejo en el cristal oscuro de la ventana
y allí esta aquel demonio que se aferra a mi brazo izquierdo.
Cautamente lo tomo por el cuello de su traje vino tinto
intentando despegarlo de mi hueso.
Su cara me mira asustada, malhumorada, incierta.
Le digo sosegándole que no tema,
que los demonios que han existido en mi los he tratado amablemente,
que puede usar mi crema dental si su aliento le molesta,
que yo no le acuso,
que estoy en deuda por los intentos fallidos de declarar culpable al amor de mis dolores en el vientre,
que pensar en la muerte muchas veces me acuerda de que existo.
Ya afuera le ofrezco un cigarrillo que recibe con precaución.
Entonces con un borrador empiezo a quitar de su piel aquel color oscuro
y lo pinto de azul claro.
Se ve mejor y él mismo lo reconoce.
Veo en sus rodillas una herida enorme, le aplico alcohol y el dolor no se hace esperar.
El demonio grita hasta exhalar lágrimas.
Lo recuesto en mi lecho cuidando de no causar dolor en sus pies.
Se queda dormido un par de horas.
Al despertar me dice que se siente mejor,
me despido de él en la noche y observo en un espejo la herida que tenía cerca al corazón y el brazo izquierdo: ha cicatrizado.
Afuera el viento huye del frio desesperadamente, al igual que la conciencia huye de los demonios. Y el cuerpo, y el corazón y la cordura ¿acaso huyen del tiempo?

